Y si alguien se pregunta el porqué de poner esta playlist al principio del post, le diré que quizás no aguante tanto rollo y que es mejor darle al "play", escuchar y olvidarse de todo por un buen rato.
Una vez dicho esto, comencemos:
Hasta hace poco, eso de atravesar una crisis por la edad me causaba, ya no solo extrañeza, sino también alguna que otra risa. ¡Ay amigo!, pero esto de acercarse a los 50, así, sin avisar, sin haberte dado cuenta antes, no sabes como se me está haciendo de "cuesta pa arriba".
Yo, que creía tenerlo todo controlado, con mis alegrías y mi penas, con mis suertes y mis desdichas, nunca imaginé que un día, en realidad ahora casi todos los días de mi vida, me iba a sentir tan poco realizado y tan mínimamente feliz como para plantearme el hecho de mandar todo a la puta mierda.
Acostumbrado a un trabajo que ni me gusta ni me llena (como al 98% de los vivos), al miedo de ver a unos padres que se consumen a pasos agigantados, a unos hermanos y unos pocos amigos que casi no disfruto y debería, a la soledad de esta casa de alquiler que cada día descuido más por no ser mía, a la realidad de los lunes, a los días de tedio y a los domingos de tristeza, supongo que tenía que llegar el día en que algo en mi cabeza, algo pequeñito en un principio, se encendiera y empezara a dar por saco.
Desarraigo. Esa idea golpea las paredes de mi cerebro insistentemente. De una manera sorda pero constante me advierte que quizás sea hora de dejar todo atrás. De inventarme otra nueva vida. Abandonar el trabajo y esta ciudad de clima desagradecido, ordenar en una bolsa mis pocas pertenencias, facturar mis discos hasta encontrar un destino, y decir adiós sin mirar atrás.
Viajar. Huir, quizás. Descubrir lugares nuevos con la sola idea de encontrar un lugar al que llamar hogar. Y volver a echar raíces, si alguna vez las llegué a echar. Recomenzar a mis 50 de nuevo e intentar, ésta vez de verdad, ser feliz.
Tengo un poco de dinero, muy poco, medio depósito de gasolina en mi Citroën C-3, que es de mi padre, y una bolsa de deporte donde cabe mi equipaje. Sólo tengo que levantar el culo de este sillón, apagar las luces, cerrar con llave y sin mirar atrás largarme donde el corazón me quiera llevar, porque es allí, como dicen muchas de estas canciones de mi playlist, donde de verdad encontraré MI hogar.
Y sopeso en una balanza imaginaria lo que me ata aquí y lo que puedo conseguir en cualquier otro lugar empezando de cero. Y sí, gana por goleada todo aquello que me espera si por fin me decido a cerrar la puerta de este capítulo de mi vida que ha durado, casi, 50 años. ¿Y entonces que me impide largarme de una vez?
Hay una bandada imaginaria de gallinas que revolotean (las gallinas imaginarias pueden volar, lo juro) a mi alrededor cada vez que mi plan de fuga resuena en mi cabeza. Una bandada que me recuerda que el valor se cultiva desde pequeñito, y que a dónde voy intentando sacar pecho ahora. Y sí, algo de razón tendrán, cuando soy incapaz de apartarlas a patadas de mi mente.
En octubre volveré a escaparme a Sitges, o eso espero. Es allí donde hace un año nació el germen de una idea que está haciendo que lleve muy mal estos 50 años a los que voy a llegar sin ninguna gana. Quizás esta vez pueda matar a estos pajarracos y decidir, de verdad, si merece la pena intentarlo. Quién sabe si más allá de la Playa de la Fragata encuentro el valor suficiente para buscar un lugar al que llamar hogar.
Una vez dicho esto, comencemos:
Hasta hace poco, eso de atravesar una crisis por la edad me causaba, ya no solo extrañeza, sino también alguna que otra risa. ¡Ay amigo!, pero esto de acercarse a los 50, así, sin avisar, sin haberte dado cuenta antes, no sabes como se me está haciendo de "cuesta pa arriba".
Yo, que creía tenerlo todo controlado, con mis alegrías y mi penas, con mis suertes y mis desdichas, nunca imaginé que un día, en realidad ahora casi todos los días de mi vida, me iba a sentir tan poco realizado y tan mínimamente feliz como para plantearme el hecho de mandar todo a la puta mierda.
Acostumbrado a un trabajo que ni me gusta ni me llena (como al 98% de los vivos), al miedo de ver a unos padres que se consumen a pasos agigantados, a unos hermanos y unos pocos amigos que casi no disfruto y debería, a la soledad de esta casa de alquiler que cada día descuido más por no ser mía, a la realidad de los lunes, a los días de tedio y a los domingos de tristeza, supongo que tenía que llegar el día en que algo en mi cabeza, algo pequeñito en un principio, se encendiera y empezara a dar por saco.
Desarraigo. Esa idea golpea las paredes de mi cerebro insistentemente. De una manera sorda pero constante me advierte que quizás sea hora de dejar todo atrás. De inventarme otra nueva vida. Abandonar el trabajo y esta ciudad de clima desagradecido, ordenar en una bolsa mis pocas pertenencias, facturar mis discos hasta encontrar un destino, y decir adiós sin mirar atrás.
Viajar. Huir, quizás. Descubrir lugares nuevos con la sola idea de encontrar un lugar al que llamar hogar. Y volver a echar raíces, si alguna vez las llegué a echar. Recomenzar a mis 50 de nuevo e intentar, ésta vez de verdad, ser feliz.
Tengo un poco de dinero, muy poco, medio depósito de gasolina en mi Citroën C-3, que es de mi padre, y una bolsa de deporte donde cabe mi equipaje. Sólo tengo que levantar el culo de este sillón, apagar las luces, cerrar con llave y sin mirar atrás largarme donde el corazón me quiera llevar, porque es allí, como dicen muchas de estas canciones de mi playlist, donde de verdad encontraré MI hogar.
Y sopeso en una balanza imaginaria lo que me ata aquí y lo que puedo conseguir en cualquier otro lugar empezando de cero. Y sí, gana por goleada todo aquello que me espera si por fin me decido a cerrar la puerta de este capítulo de mi vida que ha durado, casi, 50 años. ¿Y entonces que me impide largarme de una vez?
Hay una bandada imaginaria de gallinas que revolotean (las gallinas imaginarias pueden volar, lo juro) a mi alrededor cada vez que mi plan de fuga resuena en mi cabeza. Una bandada que me recuerda que el valor se cultiva desde pequeñito, y que a dónde voy intentando sacar pecho ahora. Y sí, algo de razón tendrán, cuando soy incapaz de apartarlas a patadas de mi mente.
En octubre volveré a escaparme a Sitges, o eso espero. Es allí donde hace un año nació el germen de una idea que está haciendo que lleve muy mal estos 50 años a los que voy a llegar sin ninguna gana. Quizás esta vez pueda matar a estos pajarracos y decidir, de verdad, si merece la pena intentarlo. Quién sabe si más allá de la Playa de la Fragata encuentro el valor suficiente para buscar un lugar al que llamar hogar.

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